miércoles, 2 de enero de 2019

De Andaluz a Quintana Redonda

27 de diciembre de 2018

“En Quintana Redonda
los cantareros
hacen de tierra roja
cántaros negros".

Poca gente hay que al oír la palabra Andaluz piense en Soria, pero ahí está, cerca del Duero, esta localidad soriana, importante lugar de paso en tiempos de la reconquista. Su visible e impresionante portillo, llama poderosamente la atención de todo el que circula por sus alrededores.

Hacia allí vamos hoy, a consagrar el solsticio de invierno, en la tradicional ruta social navideña, los 17 sanbures que no han hecho pereza para salir del calor de las sábanas hacia el helador relente mañanero, nada despreciable, que nos recibe en la estación de autobuses. Por capacidad del autobús y por no haber reservado con antelación suficiente, tenemos que dejar en tierra a dos caminantes más, que se presentaron a la hora de salida en el lugar convenido. Aunque no es la primera vez que nos sucede, lamentamos este hecho mientras debemos recordar la conveniencia de avisar a nuestro guía al menos 48 horas antes de la expedición. En El Burgo recogemos a la oxomense Cristina y así completamos el grupo de la jornada.

Una vez en Andaluz y sin tener ocasión de contemplar su puente romano, nos dirigimos hacia su preciosa iglesia románica del siglo XII, dedicada a San Miguel Arcángel. Allí la luz del amanecer le confiere un cierto aspecto anaranjado y mágico.

Con ello iniciamos, realmente, el trayecto de hoy recordando, otra vez más, al gran Almanzor, en su postrero paso por el portillo de Andaluz. Mientras caminamos con el grupo mi mente se ausenta para escuchar:

Antes de llegar al portillo, nuevamente enfrente de un cerrillo preñado de vestigios romanos, el alcaide de la fortaleza roquera se adelanta a rendirme su homenaje. Leo en su faz mi propia muerte y su pavor al futuro y fingiendo fortaleza, para confortarle, le recrimino la presencia tan cercana de cabrones cristianos. No los habían descubierto en sus continuas exploraciones, pero me promete darles caza y mandármelos esclavos a Madinat Salim para mantenimiento de las murallas. Acepto gustoso sus razones y la pipa de hachís, que fumo con deleite ante la mirada suavemente indignada de mi primogénito (¿le preocupa mi salud o mi cumplimiento del ramadán?). Si todo lo que me hiere fuera este aromático y reconfortante hachís o el vigorizante vino que he consumido con deleite y moderación para escándalo de estúpidos e incultos intransigentes, ahora mismo virarían mis fuerzas para celebrar el aniversario de la toma de Santiago con un nuevo 2 de sabán; y volvería a purificarme adonde el Duero, bondadoso, se vierte para magnificar el mar.
Al cruzar este portillo, al traspasar esta puerta entre estos cantiles, con las buitreras en las crestas de la diestra, mis musulmanes aclamándome desde las almenas de la izquierda y yo, abajo, discurriendo por el centro, por la hondonada, junto al río de agua y al de los guerreros, siento que algo queda atrás. No es una entrada triunfal en Córdoba, en un poblado escenario urbano, pero el duro Almanzor se conmueve. ¿Será porque apenas distingo sus ropajes al aire y oigo sus gritos de loor y aliento pero presiento que sollozan quedamente?. ¿Es debilidad si se me humedece la vista ante el ulular de la victoria sobre el enemigo o antes ese otro clamor funesto e imperceptible para no molestar al caudillo moribundo? No conozco alabanzas más honestas, amor más sincero, que los que brotan de la humildad junto a un lecho de muerte.
En el umbral de estos parajes perdidos junto al fuerte risco, a orillas de este riachuelo que da por finalizada su vega y vierte su caudal, su energía en el río grande provocándome un escalofrío que alguien confunde con la fiebre., observando como mi noble ejercito ya enfila lentamente el estrecho puente romano que nos transporta al otro lado, a la ribera izquierda, civilizada y familiar, de este ubicuo río Duero, de esta muga fluvial, a mí, al gran caudillo invicto, al gran Almanzor, lo vencen los recuerdos y la nostalgia como no lo han conseguido durante décadas los perros cristianos y como no lo consigue ahora, aunque me lleve a la tumba, el cobarde veneno. Como este humilde río entrega las escasas fuerzas de su hora postrera, así las entrego yo; como este viejo río todavía es capaz de mirar atrás para enorgullecerse de la gran obra de su vigorosa juventud, la apertura del tremendo portillo, así miro yo al pasado para recordar y envalentonarme con las arduas tareas a las que me enfrenté y resolví con fortuna.
Pero que el pasado no se inmiscuya en mi meta: ¡Cruzar por última vez, definitivamente, el puente y llegar a Madinat Salim!. Llegar vivo a mi querida Madinat Salim, traspasar respirando, por última vez, su arco; y volver la vista atrás para contemplar, por última vez, el valle del Arbuxuelo, las luminosas salinas con las níveas, puras, veraniegas montañas de sal y al fondo, junto al manantial, la espesa mancha verde de mis jardines; oír por última vez, desde el lecho, la familiar llamada del almuecín de Madinat Salim… Y escribir rápidamente el testamento, instruir a mis hijos en sus obligaciones, indicarles las gestiones pertinentes en Córdoba… y preparar mi tumba, la tumba de Almanzor.

(Alberto Manrique)

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Efectivamente el relato, nos ha transportado al 1002, y nos deja un cierto escalofrío al evocar nuestro pasado árabe, pues imaginamos a Almanzor moribundo, caminando hacia Medinaceli, en sentido inverso al que llevamos hoy, en su paso por el portillo de Andaluz.

Vuelvo al grupo, que marcha a buen ritmo entre encinas, más bien carrascas, por un camino cómodo y bien marcado. Enseguida se propone parada para el almuerzo. Han sido unos diez kilómetros en compañía de Almanzor que se han pasado rápidamente. Entretanto el sol comenzaba a elevarse y calentar el día. Pronto cruzamos una explanada que, sorpresivamente ha respetado el camino que llevamos, y a cuyo final nos encontramos con un carasol de roble bajo en el que finalmente descargamos los macutos.

Allí nos conciliamos con la nueva bota de Tomás y el caldo con que la estrena, y rematamos con los turrones y chocolates de Vidal y de Pilar.

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Con las nuevas energías retomamos los otros casi 10 kilómetros que nos separan de Tardelcuende, el pueblo de gran tradición resinera donde naciera uno de sorianos más singulares que han dado estas tierras en el siglo XX: Juan Antonio Gaya Nuño. A él se debe uno de los pocos libros de obligada lectura para todo soriano: El Santero de San Saturio.

Juan Antonio es el autor de una frase que, con seguridad, es el del agrado de nuestro capitán, y que se ha popularizado en Soria: “las aguas del Urbión no se regalan en balde”, aunque lo que realmente dejó dicho es que “no se regalan en balde las nieves del Urbión”.

Sea como fuere, dejamos atrás robles y encinas, y ya entre pinos aprovechamos para invitar a todos los sanbures a que profundicen y se interesen por la figura de Gaya Nuño, cuya vida y obra no les dejará indiferentes. Y si alguno se atreve, le proponemos la lectura de su Tratado de Mendicidad; toda una gozada literaria.

Atravesamos Tardelcuende para continuar hacia nuestro destino de la jornada, no sin algún que otro reproche por no haber terminado aquí la etapa de hoy. Vidal nos comenta cómo no fue capaz de encontrar ningún sitio en Tardelcuende donde nos dieran de comer, y que por ello alargamos unos 6 kilómetros la excursión en la confianza de que el famoso cocido de los jueves del bar Las Piscinas de Quintana nos deje satisfechos.

Hacia allí nos dirigimos pues, paralelos a la línea del ferrocarril, entre los pinos que han dado merecida fama micológica a Quintana. Es un día limpio y claro, ideal para nuestro propósito andarín, y a pesar del cansancio que se empieza a notar intuimos ya el fin de etapa y el efecto reparador y balsámico de las cervezas que nos esperan.

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Efectivamente al llegar vemos al eficaz Evaristo esperándonos con los aperos de recambio en el coche escoba que nos ha acercado con puntualidad rigurosa.

En Quintana, nos trasportamos a la época romana, otros mil años más atrás que en Andaluz. No en vano aquí se encontró un casco romano con unos vasos y unos cuantos denarios que todavía pueden contemplarse en la Real Academia de la Historia. Estamos en zona de frontera, pero esta vez de frontera entre celtíberos y romanos, seguramente como parapeto o campo base para atacar Numancia y hacerse con su control.

No lejos de donde estamos, en Las Cuevas de Soria, se encuentra la villa romana de “La Dehesa”, del siglo IV AdC que bien merece visita aparte.

Antes de dar cuenta del cocido, unos pocos nos acercamos a la plaza de Quintana, donde vemos que han estado de cacería y descubrimos el triunfo de un buen ejemplar de jabalí.

Con ello el buen cocido en armonía y distensión que finaliza, como no puede ser de otro modo, con unos cánticos navideños y unas partidas de mus.

Nos despedimos de Quintana y de Evelio, uno de sus más conspicuos moradores, en otro día de júbilo y disfrute que nos anticipa un buen senderista año de 2019.

Por Roma y Por al-Andalus, ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Eduardo Bas.
27Dic2018

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